Fantasmas de la patagonia

de Hernán Pablo Gávito

Las fogatas del miedo

Uno de los ancianos había dicho que el extraño sol de las últimos días era un mal presagio. No hizo más que formalizar, con su palabra autorizada, lo que muchos temíamos en silencio.
Otros ancianos lo contradijeron pero, a casi todos, nos pareció que lo hicieron para tranquilizarnos y no porque pensaran que aquella bola anaranjada y sin brillo, en la que se había convertido, no fuera un mal signo que nos enviaban los dioses.

El invierno, que llegaba a su fin, había sido particularmente benigno. Sólo se habían cubierto de nieve las altas cumbres de los cerros, en el oeste, ningún niño había muerto por el frío y el helado viento sur casi no había soplado, por eso celebrábamos: cada noche, agradecíamos a los dioses cantando y bailando alrededor de las fogatas que hacíamos más grandes y en mayor cantidad que de costumbre.

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Los Rojos

El tema no ha sido registrado por la historia. Al parecer, ello no se debe tanto a la falta de interés que los primeros visitantes europeos de América tuvieron por el estudio de sus antiguas culturas, sino a que lo tehuelches consideraron un mandato supremo (y misterioso): no develar la leyenda a los extranjeros.

Todo indica que el mito tenía una larga tradición oral entre ellos pero que, por el terror que les inspiraba, evitaban referirse a él tanto como podían.

Oí hablar por primera vez del asunto una lejanísima y helada noche de mi niñez. No recuerdo bien las circunstancias que me llevaron a pasar un par de días con sus noches en la casa de mi bisabuelo Tomás. Creo recordar que aquel viaje se vinculó con una enorme fiesta de casamiento allá, en el medio de la planicie patagónica. A la gran fiesta había sido invitada hasta la parentela más remota de la novia que, según me parece, era algo así como prima tercera de mi padre. Lo cierto es que, una noche –víspera de la boda- un hombre muy viejo y de rostro aindiado (me parecía mucho más viejo que mi bisabuelo que, por entonces, tendría noventa años) hablaba de “los Rojos”. El padre de mi abuelo paterno porfiaba muy enojado diciendo que aquello no era una historia real.
Recuerdo a los dos viejos sentados frente a frente, tomando mate y ajenos a mi presencia muda y atenta. Me quedé con ellos porque no quería ir solo hasta la cama, el viento endemoniado, que hacía temblar la casa de troncos, me daba miedo.

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