Uno de los ancianos había dicho que el extraño sol de las últimos días era un mal presagio.
No hizo más que formalizar, con su palabra autorizada, lo que muchos temíamos en silencio.
Otros ancianos lo contradijeron pero, a casi todos, nos pareció que lo hicieron para tranquilizarnos y no porque pensaran que aquella bola anaranjada y sin brillo, en la que se había convertido, no fuera un mal signo que nos enviaban los dioses.
El invierno, que llegaba a su fin, había sido particularmente benigno. Sólo se habían cubierto de nieve las altas cumbres de los cerros, en el oeste, ningún niño había muerto por el frío y el helado viento sur casi no había soplado, por eso celebrábamos: cada noche, agradecíamos a los dioses cantando y bailando alrededor de las fogatas que hacíamos más grandes y en mayor cantidad que de costumbre.
Pero a pesar de que, como digo, alabábamos a los dioses convenientemente, éramos muchos los que, desde hacía varios días, nos sentíamos intranquilos y atemorizados sin saber por qué. Y aquella extraña imagen que nos presentaba el sol agudizaba nuestros temores.
Una oscura noche sin luna, mi mujer me despertó asustada. Había salido en silencio de la tienda y había visto, sobre el mar, “unas extrañas estrellitas amarillas que caminan por el aire”, según me dijo. Shóon no era una mujer miedosa, así que me sobresalté. Me puse la piel sobre los hombros y salimos juntos.
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Allá ¿las ves? Me preguntó.
Las vi, pero a mi entender no eran estrellitas sino pequeños fuegos suspendidos en el aire, a dos o tres metros sobre la superficie del mar sereno y renegrido de aquella noche.
Los fueguitos se movían lentamente hacia el sur, cuadrante que algunos ancianos nombraban con el mismo vocablo que para el color blanco. No me asusté pero sentí una angustia profunda.
Los dos, Shóon y yo, nos quedamos mirándolos como hipnotizados, sin decirnos nada.
Cuando empecé a sentir frío, le dije que volviéramos a la tienda. Volvimos y nos acostamos sin hablarnos. Shóon se puso boca abajo con la cabeza vuelta hacia el lado contrario al que estaba yo. Extendió su brazo delgado para apoyar su mano sobre el pecho de nuestro hijito que dormía.
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No digamos nada de esto. Le dije.
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Tengo miedo. Me respondió.
Esa noche no volvimos a hablar. No sé si ella durmió pero yo no pude.
A la mañana, muy temprano, escuché que los hombres hablaban en voz muy alta, nerviosos.
Apenas salí, vi cuál era el tema que los alborotaba: a lo lejos, en el mar azul y calmo, se veían cinco edificios de tela blanca como la nieve de los cerros. Navegaban hacia el sur, alejándose de nosotros. Extasiadas, miles de gaviotas los sobrevolaban.
El sol salía otra vez con el color rojizo de los últimos días y tenía, además, horrendas manchas violetas. Por momentos se dejaba ver entre las nubes grises (o detrás de ellas, trasluciéndose) y, por momentos, se ocultaba completamente. Era un monstruo que, sabiendo que infundía pánico se complacía en ocultarse para después reaparecer renovando nuestro terror.
Ya no hubo ancianos que negaran que aquello era el signo de un futuro tenebroso.
Ya nadie pudo disimular la angustia.
Por naturaleza, siempre fuimos callados, pero en los días siguientes a esos episodios (tal vez para siempre) hablábamos menos de lo que nos había sido habitual.
Aquella noche prendimos inmensas fogatas, quizás las más grandes que jamás hubimos prendido. Con nuestros mejores cantos y las mejores danzas de todas nuestras vidas, alrededor de las fogatas, rogamos a los dioses que se apiadaran de nuestra mansa raza. Sin embargo, aunque no nos lo dijimos, nos fuimos a acostar con la certeza de que no seríamos escuchados.
Durante los años que vinieron, comprendimos que aquellos edificios blancos sobre el mar eran hermosos navíos en los que, cada vez con más fuerza, llegaba nuestro destino de muerte y de olvido.
(Esta historia me la contó mi padre, a quien se la contó su padre, a quien se la contó su padre y así desde hace muchas generaciones. Y yo, Cachil Cachil, un sóijen bautizado Mariano, la llevo por primera vez a la escritura para que cuando ya no quede nadie de nuestra mansa raza –a la que los dioses se empeñaron en condenar- alguien pueda repetirla).
20 de octubre de 1899 (calendario de los conquistadores).