Fantasmas de la patagonia

de Hernán Pablo Gávito

Los Rojos

El tema no ha sido registrado por la historia. Al parecer, ello no se debe tanto a la falta de interés que los primeros visitantes europeos de América tuvieron por el estudio de sus antiguas culturas, sino a que lo tehuelches consideraron un mandato supremo (y misterioso): no develar la leyenda a los extranjeros.

Todo indica que el mito tenía una larga tradición oral entre ellos pero que, por el terror que les inspiraba, evitaban referirse a él tanto como podían.

Oí hablar por primera vez del asunto una lejanísima y helada noche de mi niñez. No recuerdo bien las circunstancias que me llevaron a pasar un par de días con sus noches en la casa de mi bisabuelo Tomás. Creo recordar que aquel viaje se vinculó con una enorme fiesta de casamiento allá, en el medio de la planicie patagónica. A la gran fiesta había sido invitada hasta la parentela más remota de la novia que, según me parece, era algo así como prima tercera de mi padre. Lo cierto es que, una noche –víspera de la boda- un hombre muy viejo y de rostro aindiado (me parecía mucho más viejo que mi bisabuelo que, por entonces, tendría noventa años) hablaba de “los Rojos”. El padre de mi abuelo paterno porfiaba muy enojado diciendo que aquello no era una historia real.
Recuerdo a los dos viejos sentados frente a frente, tomando mate y ajenos a mi presencia muda y atenta. Me quedé con ellos porque no quería ir solo hasta la cama, el viento endemoniado, que hacía temblar la casa de troncos, me daba miedo.

Es probable que lo que el viejo indio decía no me resultara del todo claro, pero una imagen se fijó en mi memoria: hombres feroces, gigantescos y pelirrojos que vivían desnudos en aquellas comarcas en una época primordial.

El tema me obsesionó por años y me dispuse a estudiarlo cuando, años después, volví a oír algo muy similar de boca de una vieja india que vivía en las afueras de Puerto Deseado. Los que la escuchaban chacoteaban con sus palabras y con su embriaguez y locura. Yo, en cambio, me sentí hondamente impresionado cuando oí, de nuevo, aquella enigmática leyenda que estaba en mi mente desde la niñez, como una misteriosa y antigua intriga dormida.

Ese día, decidí que me dedicaría a investigarla. Con gran ardor, busqué datos escritos durante meses, pero no hallé ninguno. Entonces, aprovechando un tiempo sin trabajo, me dediqué a viajar por la patagonia para entrevistar a viejos indios. Hombres y mujeres ya ancianos, habitualmente solitarios y pobres, que deambulaban como espectros en los bordes de una sociedad que no entendían y a la que no pertenecían. Debo haber hablado con no menos de cien. Cuando ya casi descartaba cualquier aproximación al tema, como en un milagro, un desdentado linyera de Caleta Olivia que, al parecer, era chileno, me refirió que cuando era chico, alguna vez su padre le había hablado de “los Rojos” como de un misterioso mito maligno de sus antepasados. Y, lo más importante, me indicó la existencia de una “vieja bruja” que sabía del tema y que vivía sola en un rancho alejado del pueblo.
Resultaría aburrido e improcedente contar cómo, a través de diversos datos confusos, logré finalmente, varios días después, llegar hasta el lugar. Una desvencijada choza de madera y sin ventanas, plantada en medio de la inmensidad marrón, rodeada hasta el infinito solo por arbustos y ovejas. Allí vivía la vieja cuyo nombre nadie sabía y que yo no me atreví a preguntarle.
Estaba dentro de la casilla, recostada en la cabecera de algo parecido a una cama, como suelen estar lo enfermos. La rodeaban una multitud de perros flacos y millones de trapos y objetos indefinibles que cubrían la cama y casi todo el piso de tierra. Las paredes de menos de dos metros de altura, estaban renegridas por el tizne de la cocina de leña. El brillante sol patagónico se filtraba a través de algunas rendijas entre las tablas y por la imperfección con que cerraba el tablado que hacía de única puerta.
Después, cuando conté en el pueblo que había estado con ella, con gran sorpresa noté que la mayoría creía que había muerto hacía añares. Apenas uno o dos mencionaron haberla conocido personalmente, y ellos eran los mas extrañados (casi hasta la incredulidad) ya que eran hombres muy viejos que decían haberla visto muchísimos años antes y que ya era anciana entonces.

La mujer era apenas una cara redonda y esponjosa que emergía de entre los trapos sucios.
Tenía la piel marrón grisáceo, con miles de arruguitas. Sus ojos semejaban dos pasas de uva hundidas debajo de la frente. Más abajo, un agujero sibilante y sin dientes, era lo que quedaba de lo que habría sido una boca. Por ahí salía permanentemente la lengua que, como la de las lagartijas, enseguida se volvía a meter. El pelo parecía un caparazón blanco. El tiempo le había allanado toda distinción de género, de modo que si insisto en hablar de “la vieja” es únicamente porque llegué en busca de una mujer. En rigor me hubiera sido imposible reconocer el sexo de aquel ser vetusto y olvidado. Yo he conocido varias personas de cien años, si me hubieran dicho que aquélla tenía trescientos, lo hubiese creído.

Tras un esfuerzo para sobreponerme al cuadro infrahumano y repulsivo que tenía ante mí, luego de una breve conversación casi monosilábica con la que intenté explicarle, tal vez sin necesidad, mi presencia incongruente en su casa, le mencioné el tema de “los Rojos”.
La vieja hablaba una jeringoza apenas similar al español, pero la enorme excitación que me colmó cuando noté que sabía de qué le estaba hablando me permitió entender su respuesta y olvidarme por completo de su imagen espantosa.
- Los Rojos, me dijo, ya no están más. Nadie cree la historia.
Con gran paciencia fui hilvanando una conversación al respecto sorteando los divagues en los que la vieja caía permanentemente y que ocuparon la mayor parte del tiempo. Confieso, con un poco de vergüenza, que cuando la noche se acercaba, tuve miedo de permanecer en aquella pocilga, rodeado de perros de todo tipo que atendían las palabras de su dueña como si ellos también hubieran estado interesados en investigar el asunto. Además, a medida que las horas pasaban, parecía que mi presencia los iba poniendo cada vez más inquietos. Sin dejar de atender la conversación, empezaban a moverse cada vez más y, de vez en cuando, alguno lanzaba un gruñido entre distraído y amenazante.

Esperé muchos años para escribir este testimonio porque, durante el resto de mi vida, intenté encontrar algún dato concreto, obviamente sin éxito. Ahora, dadas mis circunstancias, no puedo demorarme más.
Antes, sin embargo, necesito imperiosamente declarar que estoy completamente convencido de que la leyenda existió; y que mi espíritu nunca ha dejado de desordenarse al sospechar que, tal vez, tenga origen en una realidad ominosa, hundida en las tinieblas del pasado remoto y desconocido.

Los Rojos eran hombres increíblemente altos, lampiños en el cuerpo y la cara, de piel cobriza aún a los ojos de los cobrizos tehuelches. Tanto los varones como las mujeres usaban sus inmensas melenas pelirrojas hasta la cintura o más aún. Los genitales, al carecer de vello, eran groseramente visibles. No usaban ningún tipo de ropa, ni adorno, ni utensilio, ni arma, ni herramienta. Soportaban el clima patagónico en la completa desnudez. Tenían boca muy grande y poderosos dientes puntiagudos adecuados para su dieta exclusivamente carnívora y, a veces, antropófaga.
Como no se comían entre ellos, cuando no conseguían carne humana fresca, se alimentaban de ñandúes y guanacos.

Los tehuelches los consideraban animales feroces con aspecto humano y les tenían pánico a pesar de que los Rojos no tenían armas de ningún tipo.
En ocasiones, los indios llevaban tierra adentro a sus recién nacidos y los abandonaban entre llantos, para alimento de los Rojos. Suponían evitar así ataques, cuya sola posibilidad los aterrorizaba.

Al parecer, al mismo tiempo que el terror, los Rojos inspiraban en los tehuelches una especie de sentimiento de culpa. Los interpretaban como un castigo de los dioses por alguna falta monstruosa de sus más remotos ancestros. De ambos sentimientos surge con claridad el motivo por el cual evitaban hablar de los Rojos, o de la leyenda que de ellos quedaba a la llegada de los conquistadores.
Los Rojos sentían miedo ante el mar y ante el cielo nocturno. Vivían alejados de la costa, en las mesetas patagónicas y, de noche, se sentaban a dormir unos junto a otros, en grandes grupos compactos. Era durante esas horas que se hacía especialmente nauseabundo el olor que exudaban.
No dominaron el fuego.
No llevaban adornos ni pinturas en el cuerpo. Jamás se interesaron por sacarles a los indios sus armas, sus pieles ni ninguna otra cosa.
Sólo deseaban su carne, la de los jóvenes preferentemente.

Hasta donde entendí, los Rojos surgieron –según el mito- del corazón de fuego de una gran montaña y, hacia él se fueron, o se cayeron, y desaparecieron para siempre. Podría ser que huyendo de no se sabe qué.

Hasta aquí he escrito lo que pude reconstruir. Ojalá, alguna vez, alguien pueda echar más luz sobre la cuestión.

R. B. V.
Buenos Aires, 1940